Thymus serpyllum.- Los baños de serpol constituyen unos fortificantes de los nervios y sirven para curar las heridas supurantes o malolientes.

Avutarda Común

Otis tarda

 

El mayor pájaro de la Península Ibérica la Avutarda Común, Otis tarda no es tan conocida como haría presumir su gran tamaño y llamativo plumaje. Especie que vive en zonas abiertas, lejos de arbolado y matorral, no encuentra igual en cuanto a la desconfianza que muestra frente a los depredadores y en especial ante la presencia del hombre al que rara vez deja aproximar a menos de 200 metros.

El macho es de considerable mayor tamaño que la hembra. También su plumaje es diferente en parte. La cabeza, ancha y aplastada y el largo y delgado cuello son de color gris pálido con un tinte que parece a veces azulado. La parte superior del pecho es de color castaño vivo, destacando bien sobre el resto de las partes inferiores que son blancas. Las superiores, base del cuello, espalda, dorso de las alas y cola son beige rojizas y amarillo ocráceas ondeadas profusamente de negro. A cada lado de la base del pico le nacen unas finas plumas blancas que forman un conspicuo bigote en los machos a partir de los 3 años de edad. Desde los 6 años en adelante estos bigotes son muy largos y poblados (120-150 mm.). Por su tamaño y desarrollo así como por la mancha alargada de color oscuro que desde los carrillos baja a lo largo del cuello, puede conocerse la edad de los machos de las avutardas. Gran parte de la superficie alar es blanca, cogiendo la mayor parte de las secundarias y la base de las plumas primarias, detalle que se aprecia sobre todo en el vuelo y cuando el pájaro representa las diversas ceremonias de su complicado cortejo a las hembras. Las primarias y las puntas de las secundarias son marrón oscuro o negras. Las hembras adultas carecen de los mostachos y de la banda pectoral castaña, además de tener mucho menor tamaño. Ambos tienen patas largas y pies gruesos y fuertes; el pico es pardo amarillento con el extremo más oscuro. Los machos tienen muy desarrollado un saco en la garganta durante la época de la reproducción y que puede inflarse de modo extraordinario. La cola es más rojiza que el resto del plumaje de las partes superiores y está franjeada, notándosele cuando la despliega en abanico y al volar una banda subterminal negra y otra blanca en el extremo.

En vuelo, este gigantesco pájaro resulta ciertamente espectacular. Sus amplias alas casi totalmente blancas, excepto las primarias negras o muy oscuras y que lleva muy abiertas, el cuello largo bien estirado y las patas no del todo ocultas bajo la ancha cola, le permiten alcanzar velocidades de hasta 80 Km por hora. Al iniciar el vuelo dan la impresión de que este va a ser torpe y lento, puesto que para ello tienen que disponer de amplio espacio en el suelo. Son reacias a volar y a no ser que se vean muy amenazadas, prefieren peonar, haciéndolo siempre con el cuello muy estirado y adoptando una postura de alerta característica, caminando sosegadamente sin perder de vista lo que las ha sobresaltado.

Aunque los bandos vuelan con potencia, no suelen recorrer largas distancias y son extraordinariamente querenciosos a determinados lugares no muy extensos donde siempre con seguridad pueden verse, cualquiera que sea la estación del año. Si son espantadas de ellos, una vez pasado el peligro vuelven, aunque lo hacen con mayor recelo. No es un pájaro solitario, sino que forma pequeños bandos que se unen entre sí en la época del celo, formando entonces grupos más numerosos. Incluso mientras las hembras incuban, los machos se reúnen también formando bandos que los cazadores llamaban «toradas».

Los machos son extraordinariamente corpulentos y pesados. El mayor peso es alcanzado en marzo-abril en que puede oscilar entre 8,500 y 17 Kg. Excepcionalmente se han cazado en España algunas que pesaban nada menos que 20,500 Kg. Un buen peso es ya a partir de los 10 Kg, pero hay muchas de 15 Kg. Puede decirse que un promedio en el peso de los machos en primavera está por encima de los 11 Kg que en invierno (diciembre-enero) desciende a 7,5 Kg. Los machos jóvenes son considerablemente menos pesados. En enero-febrero no pasan de los 5 Kg. Las hembras son menores y por supuesto alcanzan pesos inferiores. En abril-mayo entre 3 y 4 Kg y un peso similar en noviembre-marzo, por lo que las oscilaciones son mínimas respecto al peso de los machos. Se citan excepcionales pesos de machos adultos de 21, 22 y 24 Kg.. (Glutz von Blotzheim, 1973).

Los machos jóvenes que en los dos primeros años son muy parecidos a las hembras, hasta que alcanzan la madurez sexual, no antes del cuarto año de vida, vagan en bandos, juntándose con los machos adultos cuando éstos tienen a sus respectivas parejas incubando.

La Avutarda es un pájaro silencioso que solamente de forma ocasional emite un gruñido sordo que puede significar agresividad o temor. Durante la reproducción, los machos lanzan una especie de ladrido ronco y junto al nido y teniendo ya los pollos unos días, la hembra los guía con sonidos guturales, todos éstos y aquellos casi imposibles de registrar por escrito. Cuando observan la proximidad del hombre se dice que unas a otras se alertan con un gangoso ¡¡eng!! o ¡¡kreng!!

En función de su gran tamaño y potencia la Avutarda es un pájaro fiero y valiente que no duda en atacar si con la carrera o el vuelo no puede librarse de sus enemigos. Esto sucede pocas veces, porque posee un sentido del oído muy fino y una vista muy aguda y su extraordinaria desconfianza le permiten huir antes que enfrentarse al enemigo. Pero si queda malherida lanza ataques fieros e inesperados cuando se la intenta coger acompañados de silbidos y resoplidos.

Las avutardas adultas se alimentan fundamentalmente de materia vegetal, en especial de gramíneas, hojas, granos de cereales, hortalizas, leguminosas, y un número incalculable de plantas y flores, sobre todo la vulgar margarita de los prados y el Diente de León Taraxacum officinale. Además de su preferencia por las leguminosas, cuando entra en las vides para comer las uvas maduras produce verdaderos estragos. Estas parecen atraerle especialmente y pueden concentrarse muchos pájaros allí, acudiendo desde lugares distantes. También la dieta incluye una considerable cantidad de materia animal, sobre todo en los pájaros jóvenes. Saltamontes, escarabajos, lombrices de tierra, larvas, mariposas y multitud de pequeños y grandes insectos son capturados en primavera y verano por las hembras y los jóvenes, pero también por los adultos. Estos no dudan en comer huevos y pollos de especies que anidan en el suelo, ratones de campo, lebratos, ranas y lagartos.

Ningún acontecimiento en la vida de las avutardas es más importante y espectacular que el cortejo de los machos a las hembras. Aquéllos inflan el plumaje de modo que todas las plumas blancas son puestas bien de manifiesto. Las alas caen entreabiertas hasta que casi tocan el suelo, al principio con la punta de las negras primarias y después, levantando éstas hasta casi tocar el nacimiento de la cola, el vértice flexor es el que se acerca más al suelo. Las plumas cobertoras alares se adelantan, la cola desplegada en abanico se eleva hasta formar una vertical con el suelo y la cabeza se encoge entre los hombros, hinchando el saco de la garganta en toda su extensión. Este saco o bolsa que sólo posee el macho adulto durante la reproducción, es un ensanchamiento abierto bajo la lengua que se extiende hacia abajo por el cuello hasta alcanzar una longitud no inferior a 20 cm. En conjunto el pájaro con el plumaje así erizado recuerda más una bola de plumas blancas y observado desde lejos parece en una primera impresión una oveja, no viéndosele apenas las patas, tan hinchado está el pecho que casi toca el suelo y las plumas que forman el bigote quedan casi verticales. A la vez sacude con languidez las entreabiertas alas y gira lentamente en «la rueda» de hembras que le contemplan. Normalmente cada macho se dirige a una determinada hembra delante de la cual parece tener más interés en realizar su cortejo. A partir de los primeros días de abril ya pueden verse los machos diseminados en los campos españoles ocupados en estas muestras espectaculares del celo. Empiezan pronto por la mañana, entre las 7 y las 8 horas y las representaciones pueden durar pocos segundos o varios minutos, permaneciendo a veces con el plumaje erizado inmóviles junto a las hembras, con mucha frecuencia mientras éstas se muestran indiferentes. El cortejo se repite otra vez a partir de las 4 de la tarde y aunque se ha dicho que lo interrumpen al anochecer existen numerosas observaciones en noches de luna (Bannerman, citando a Gewalt, 1962). Parece ser que solamente la fuerte lluvia puede impedir estas representaciones del cortejo. Desde lejos, los machos de Avutarda parecen grandes bolas blancas y no es necesario un gran esfuerzo visual para divisarlas. Mientras tanto las hembras, parecen indiferentes a este cortejo silencioso, porque los machos no emiten sonido alguno, buscan el lugar apropiado donde han de anidar. Una vez encontrado, los machos se juntan a ellas y el emparejamiento se produce, casi siempre en los últimos días de abril y muy a menudo dependiente esta fecha de la situación meteorológica de la zona. Las frecuentes lluvias primaverales retrasan no menos de 15 días la cubrición. Aunque las avutardas son poco dadas a guerrear entre ellas, en estos días del emparejamiento los machos pelean con frecuencia, aunque se observa cierta tendencia en ellos a evitar luchas muy fuertes y continuadas. Más bien se observan actitudes de amenaza que duras luchas. Quizá, como señala Gewalt, (1954) estas se producen solamente cuando un macho extraño se aproxima a una hembra que ya está criando y que es vigilada por otro macho con el que se emparejó.

La siembra del trigo y la cebada influyen mucho en el comienzo de la puesta. Las hembras aprovechan el crecimiento de las plantas para anidar bien a cubierto de los depredadores. La Avutarda Común no construye propiamente nido y la puesta es efectuada en una depresión del terreno que suele tener el fondo cubierto por tallos de las plantas donde está situado, pero que no han sido llevados allí sino que pertenecen a las plantas que la hembra aplasta con su cuerpo. Se ha discutido mucho (Bannerman, 1962) si la Avutarda es polígama. Naumann consideró siempre a este pájaro como monógamo, pero su costumbre de vivir asociados un corto número de machos con mayor número de hembras no puede asegurarnos una recatada vida sexual. Así, Lilford, Chapman y Verner consideran que la Avutarda Común es polígama. El número de huevos puestos oscila en Iberia entre 2 y 4 y se han encontrado puestas también de 3. No obstante, ha habido considerables dudas ya que en zonas de Europa Central (Alemania) la puesta normal es de 2 huevos y querían atribuirse las mayores a dos hembras que usaban el mismo nido. Jourdain estima para España como normal a puesta de 3 huevos y más rara la de 4. Los huevos son anchos y de forma ovalada o elíptica, a veces muy picudos en ambos extremos. Son muy brillantes y el color general de la cáscara es pardo o verde oliváceo marcados con manchas y puntos pardo amarillentos, pardo rosados y con manchitas violáceas muy claras y a veces difíciles de ver. Algunos tienen rayas y puntos pequeños marrones, casi siempre concentrados en el extremo más ancho. Cien huevos medidos por Jourdain y Rey dieron un promedio de 79,4 x 56,76 mm. con máximos de 89,5 x 56,4 mm. y 82,7 x 60,7 mm. y mínima de 69 x 56 mm. y 71,6 x 51,5 mm. Su tamaño es parecido al que tienen los de un ganso desde luego resultan pequeños para tan gigantesco pájaro como es la Avutarda Común. Las primera puestas es encontradas a finales de abril, pero también muchos pájaros las inician en todo el mes de mayo. Solamente la hembra incuba y lo hace durante 25-29 día. Los pollos al nacer son nidífugos y dejan el nido en cuanto están secos. Su plumón es corto y de color a partes iguales, formando como parche entre pardo arenoso y pardo oscuro con una raya oscura en el centro de la espalda que nace en el cuello y varios puntos y rayas negruzcas en la garganta y lados de la cabeza y el cuello. Las partes inferiores son beige muy claras, casi blancas en el vientre. La hembra los atiende sola mientras los machos se reúnen en bandos o «toradas», vagando por los campos sin ocuparse de las hembras. Estas buscan insectos en los primeros días se los dan a los pollos directamente en el pico. Pronto comienzan a salirles las plumas y a las cuatro semanas ya efectúan cortos vuelos, pero la hembra los cuida por lo menos hasta cumplir un mes medio.

La Avutarda Común ocupa en Europa zonas del norte de Alemania y Polonia, Hungría, Checoslovaquia y Austria y desde el Sudeste se extiende por el sur de Rusia, Asia Menor, el Cáucaso hasta Siberia occidental y Turkestán y más hacia el Este hasta Mongolia y Manchuria. En la Península Ibérica se conserva la población más floreciente de Europa. En Portugal vive en gran parte de la provincia del Alto Alemtejo, sobre todo en la zona sudoriental, alcanzando algunas aves a reproducirse en el norte de la provincia del Baixo Alemtejo. En España ocupa varias zonas, la provincia de Cáceres, sobre todo en las llanuras desprovistas de vegetación arbustiva tiene gran densidad, la Tierra de Campos de las provincias castellano-leonesas, otra zona importante es la extensa llanura de La Mancha, incluyendo la cuenca del río Guadiana, posiblemente ahora con Cáceres la mejor zona del País. En el valle del Tajo habita en zonas de secano de Madrid, Cuenca, Toledo y Guadalajara. Se citan allí como reuniendo los mayores bandos la Tierra de Alcalá y La Sagra. En Badajoz ha disminuido mucho desde la puesta en marcha de los extensos regadíos del Plan Badajoz, lo mismo que sucede en las provincias andaluzas de Córdoba, Huelva y Sevilla. Todo el valle del Guadalquivir posee aún bandos numerosos de avutardas. En una proporción ínfima están el Valle del Ebro donde destacan los campos de las Bardenas Reales, Los Monegros y la Plana de Olite. También se puede encontrar en otras zonas esteparias de Aragón y Navarra como en el Llano de la Violada. Ocasionalmente algún pequeño bando es visto tan al Norte como en las proximidades de la Sierra de Andia, cerca ya del límite de Navarra con Guipúzcoa. La población española se ha calculado como mucho en unas 10.000 aves, pero una cifra exacta es difícil de dar, porque aunque esta especie es muy sedentaria y rara vez se alejan de la zona donde han nacido a distancias superiores a 2-10 Km, el trasiego, de los bandos es continuo y muchos por la excesiva desconfianza de que hacen gala no pueden contarse con exactitud. Además, parece confirmada la existencia de un cierto movimiento invernal hacia el Oeste dentro de Iberia. La protección y prohibición de la caza ha contribuido a paliar un poco los daños que producen, por un lado los cazadores furtivos y por otro la destrucción de nidos y huevos por las avanzadas técnicas agrícolas, en especial el envenenamiento de cosechas con plaguicidas. Otra causa de grandes pérdidas son los tendidos de líneas eléctricas de alta tensión que atraviesan cada día en mayor número, precisamente las grandes llanuras donde vive la Avutarda, que en vuelos crepusculares o nocturnos chocan con los hilos y mueren. Prácticamente no tiene enemigos naturales y sólo el hombre con los medios que ahora tiene a su alcance rifles de precisión, vehículos rápidos y sobre todo los tractores con remolque a los que se han acostumbrado las avutardas y de los que no desconfían, pero en los que se ocultan los furtivos que disparan a bocajarro a corta distancia. Abundando en estas mismas consideraciones, Purroy (1974) ve negrísimo el porvenir de las avutardas. En Navarra, antes una zona avutardera muy importante en Iberia, ha sufrido un descenso drástico en su densidad. En un censo realizado en abril de 1971 había sólo 21 avutardas en las Bardenas, la Plana de Castejón y Olite. Iribarren vio un bando invernante de 22 aves en la llanada de Lerín. Para Purroy el mayor responsable de la disminución tremenda de este pájaro en la Ribera Navarra ha sido el hombre que la ha cazado de forma incontrolada, lo mismo con armas de fuego como con procedimientos rudimentarios, pero eficaces, entre ellos el mortífero anzuelo cebado con zanahoria, sin olvidar las persecuciones nocturnas con farol y cencerro. La reacción sorprendente de tranquilidad ante la aproximación de un vehículo a motor que ya comenté antes, es más acusada en las hembras que incuban, cuyo instinto reproductor las hace muy vulnerables ante los desaprensivos.

Según el Atlas de las aves reproductoras de España (2004), la población española se estima en unos 23.000 ejemplares. Siendo Castilla y León la comunidad que alberga el mayor número, con un 46%, seguida de Extremadura con el 30%, Castilla La Mancha el 16% y Madrid el 5%. El resto de comunidades contienen poblaciones mucho menores, fragmentadas y, en general muy amenazadas.

La población sufrió un gran descenso hasta la década de 1980 que se estableció su veda.